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Pedro -- Poemas de Guantánamo -- 08.06.07

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EL PAIS DE MADRID

Poemas de Guantánamo

ARIEL DORFMAN 30/07/2007

No tiene como protagonista a Harry Potter, pero el libro que acaba de llegar
a mis manos encierra más magia que aquella que imaginó J. K. Rowling, y
también terrores más profundos que Voldemort, y bien valdría que todo el
mundo hiciera cola para leerlo. Aunque dudo de que así sea, ya que se trata
de un volumen parco, casi nimio, que desembarca por estos días
subrepticiamente en las librerías norteamericanas, y contiene tan sólo
veintidós modestos poemas de artífices enteramente desconocidos. Son poemas,
sin embargo, que, por su origen insólito, constituyen una llamada de alerta
y de auxilio, y quizás de acción para la humanidad contemporánea.
Fueron escritos por prisioneros del campo de detención de Guantánamo, aquel
sitio de oprobio que opera el Gobierno de Bush desde la invasión de
Afganistán. Como se sabe, estos detenidos han sido calificados por
Washington como "combatientes enemigos", lo que significa que pueden
permanecer presos durante una eternidad sin ser llevados a juicio, sin que
se les acuse ni se puedan defender y sin que gocen, por cierto, de las
garantías prometidas por aquellas convenciones internacionales, como la de
Ginebra, que ha firmado el Estado norteamericano, ni menos de los derechos
humanos que poseen por el mero hecho de haber nacido.
No pueden escapar del infierno y, no obstante, escriben versos.
Mark Falcoff, uno de los abogados norteamericanos que defiende a los
cautivos y el editor responsable del volumen, cuenta las condiciones penosas
de la producción de estos poemas: se transcribieron semiclandestinamente, a
veces grabados con piedras en una taza de plástico, a veces con pasta
dentífrica en un trozo de basura, a veces pergeñados en tenues pedazos de
papel, y siempre consignados a la memoria, y siempre transmitidos de boca en
boca. Para que el mundo pudiera leerlos, Falcoff tuvo que vencer no sólo el
recelo de los detenidos, sino que la censura y suspicacia del Pentágono, que
autorizó meramente la publicación de estas estrofas entre miles de otras que
fueron confiscadas o destruidas, aduciendo absurdamente que podrían incluir
instrucciones a los terroristas de Al Qaeda que, como es de común
conocimiento, no pueden proceder a sembrar la muerte sin recibir -¡qué duda
cabe!- las directivas de prisioneros que hace cinco años viven completamente
aislados del mundo.
Algunos de estos poemas resultan de enorme calidad y eficacia literaria y
otros lo son menos, pero como anoto en un prólogo que contribuí para esta
edición que publica la pequeña University of Iowa Press, todos terminan
siendo increíblemente, turbulentamente, conmovedores. Aquellos cuyos autores
son fanáticos y proclaman la lucha a muerte contra los infieles y aquellos
que no proclaman otra cosa que su deseo de tocar al hijo que no vieron nacer
o a la madre que se muere lejos, su deseo de que se les conceda la gracia de
vislumbrar una vez más algo tan habitual como una luna que crece en un cielo
crepuscular. Los que hablan de la misericordia infinita de Alá y los que
hablan del mar que oyen cerca y que no pueden siquiera ver. Todos,
conmovedores. Porque, como tantos presos a lo largo de la historia humana,
como los que yo conocí durante los años pertinaces de la dictadura de
Pinochet y tantas tiranías en nuestra América Latina, también estos hombres
sin expectativas de libertad o de justicia recurrieron, casi
instintivamente, en los peores momentos de su existencia, a la poesía para
expresarse. Todos, los que confían en su Dios para liberarlos y los que
confían en algún impreciso amanecer y los que han perdido toda confianza en
la posibilidad de ver la luz del día, todos comprendieron que exteriorizar
su angustia en palabras escritas viene a ser una apuesta en contra de la
desesperanza, la única manera que tienen de afirmar su herida humanidad.
La única manera de darse aliento.
Aliento, ánimo, ánima, alma, espíritu, inspiración, respiración.
Porque el origen de la vida y el origen del lenguaje y el origen de la
poesía se encuentran justamente en la aritmética primigenia de la
respiración; lo que aspiramos, exhalamos, inhalamos, minuto tras minuto, lo
que nos mantiene vivos en un universo hostil desde el instante del
nacimiento hasta el segundo anterior a nuestra extinción.
Y la palabra escrita no es otra cosa que el intento de volver permanente y
seguro ese aliento, marcarlo en una roca o estamparlo en un pedazo de papel
o trazar su significado en una pantalla, de manera que la cadencia pueda
perpetuarse más allá de nosotros, sobrevivir a lo que respiramos, romper las
cadenas precarias de la soledad, trascender nuestro cuerpo transitorio y
tocar a alguien con el agua de su búsqueda.
Respirando.
Lo que esos presos comparten con sus carceleros, lo que comparten con esos
soldados que los enjaulan y les temen y los ven exclusivamente como
enemigos.
La poesía convoca a quienes respiran el mismo aire a que también respiren
los mismos versos, a sobrepasar el abismo que persiste entre cuerpos y
culturas y guerreros.
Y puede que ése sea el sentido más profundo, y también más paradójico, de la
aparición de estos poemas en los Estados Unidos, rescatados por abogados
norteamericanos, impresos por una prensa norteamericana, corregidos por ojos
norteamericanos y publicados nada menos que en Iowa, el Estado que se halla
en el centro, geográfico y simbólico, del país que maltrata de una forma tan
perversa a esos cautivos.
Porque ahora están al alcance de todo el pueblo norteamericano esas palabras
que aquellos prisioneros respiraron un día o quizás una noche, ahora todos
los ciudadanos de los Estados Unidos pueden acceder a esos poemas de fuego y
desolación. Y si esos ciudadanos y ese pueblo de veras lo desean, pueden
lograr que algún día no sean tan sólo los poemas que circulan libremente por
el mundo, sino que también las manos y los labios y los pulmones que
supieron componerlos.
Hasta que arribe ese día, el verdadero hogar de esos detenidos van a ser,
más que el infame campo de detenidos de la Bahía de Guantánamo, esos versos
amargos que escribieron contra el desamparo y la muerte.


Ariel Dorfman es escritor chileno. Su último libro es Otros septiembres.






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